martes, 9 de agosto de 2016

Expectativas razonables

Estatua de Houyi 
Lie Yu Kou hacía una exhibición de tiro con arco para Bo Hun Wu Ren. Tendía a fondo el arco con un brazo tan firme que una taza de agua colocada en su codo no se vertía; y era tan rápido que nada más disparar la flecha, la siguiente ya estaba en su sitio. En todo este tiempo permanecía inmóvil como una estatua. Bo Hun Wu Ren le dijo «Ése es un disparo de alguien que dispara; no es un disparo de alguien que no dispara. Podemos subir los dos a una alta montaña; nos colocaremos sobre una roca a pico, delante de un precipicio de cien ren. ¿Podrás allí disparar?»
Wu Ren trepó entonces a una alta montaña y se situó sobre una roca a pico, ante un precipicio de cien ren. Caminó hacia atrás por la roca hasta que la mitad de sus pies rebasaron el borde. Hizo una reverencia a Yu Kou y le invitó a reunirse con él. Yu Kou se tumbó  en el suelo; y el sudor le resbalaba hasta los talones. Bo Wu Ren le dijo: «El hombre perfecto escruta el cielo azul en lo alto, y en lo profundo se sumerge en las fuertes amarillas; se lanza hasta los ocho límites sin que se altere su espíritu y su Qi. Tú ahora estás temblando de pánico y se te ha nublado la vista; difícilmente podrá tu espíritu dar en el blanco.»

No es sencillo tomar la decisión de iniciar el estudio de las artes marciales. El impulso que puede empujar a algunos a asomarse a una escuela, a ver un entrenamiento, puede estar dirigido por muchos elementos que poco o nada tienen que ver con el sentido real de la práctica. En esta entrada nos gustaría proponer un punto de vista para los que se estén planteando iniciar este estudio.
El estudio de las artes marciales es, ante todo, una exploración de un territorio desconocido. Nos encontramos ante un espacio aparentemente vacío que llenaremos de emociones, conocimientos, sorpresas, experiencias que, en su conjunto, van a modificarnos, van a transformarnos en algo que solo nosotros podemos ser. Si de algo va todo esto es de utilizar procedimientos específicos para expresar nuestro interior, para poder verlo, poder entenderlo, aceptarlo y transformarlo.
Esta potencia de transformación es una constante de la práctica que evoluciona al unísono de nuestra maduración personal haciendo hincapié en aspectos de nosotros que a veces olvidamos incluir en nuestro mundo de ideas preconcebidas.
Esta debería ser en gran medida nuestra única expectativa, la transformación personal constante. Una transformación integradora en la que el aspecto espiritual, el que determina en última instancia nuestra acción frente a los acontecimientos, sea tan relevante como todos los restantes elementos de la práctica.
Si no podemos mover nuestro espíritu, posicionarlo de inmediato en una situación de riesgo en toda su fuerza y operatividad defensiva, no tenemos muchas opciones de aplicar nada. En la pequeña historia de cabecera podemos apreciar a qué nos referimos con esto. Un espíritu fuerte no solo sirve para la lucha, es el eje de una convivencia real, pacífica, segura y saludable entre personas y entre los aspectos exteriores e interiores de cada ser humano.
Cuando los textos antiguos nos hablan de sublimar las esencias hasta elevarlas al plano del espíritu, nos están hablando de un proceso que integra todas nuestras energías para que se puedan manifestar en una transformación personal que incluya la potencia espiritual. El Shen es el objetivo y su transformación es natural, es evolutiva, progresa con nuestra maduración natural como personas. Por lo tanto, podemos afirmar que, de alguna forma, crecemos con el arte y el arte crece con nosotros.
El cultivo del espíritu es prioritario porque es el eje que conecta interiormente nuestro cielo anterior y posterior en una creación única, permanente y diferenciada. Cuerpo, mente y espíritu se deben fusionar en una misma experiencia vital, transformando la percepción fragmentada de nosotros mismos por una única sensación integral de nuestro Ser más profundo.
Esa es la vía marcial, la vía para despertar la potencia de transformación natural de nuestro cuerpo, mente y espíritu sin excluir nada de lo que emerge de nosotros en dicho proceso. La vida nos enseña a esconder aquello que choca frontalmente con nuestra imagen. La práctica nos muestra que ese no es el camino correcto.
En la práctica emerge constantemente la dualidad existencial y nos muestra reflejados los elementos que necesitan ser depurados. Lo hace mediante la forja espiritual que trae consigo la madurez dentro de la vía y la autopercepción de la fuerza.
El proceso marcial es permanente una vez iniciado. No debe tener interrupción y debe estar enmarcado en categorías yuxtapuestas en las que la forma energética de nuestra singularidad determinará las condiciones, la forma y el resultado del proceso.
Esta práctica será muy exigente, nos va a pedir que utilicemos lo mejor que tenemos. Nos va a requerir  confianza, constancia, perseverancia, autoexigencia, valor, inconformismo, sinceridad, disciplina, comprensión, inteligencia, memoria, discriminación, fuerza, focalización, respeto y sentido vital. Nos lo va a pedir desde las propuestas de aprendizaje y las de perfeccionamiento, de eso se trata realmente.
Es preciso abrirse a la experiencia y sentir lo que ocurre siendo nosotros realmente. Sentir y Ser son prioridades mucho más relevantes que alcanzar la materialización de ideas preconcebidas en un marco de referencia ficticio. Es preciso enmarcar todas las experiencias en nuestra base emocional y sensitiva real para cultivar con ellas nuestro crecimiento personal.
En esos dos campos opera la vía, lo hace de forma simultánea adquiriendo poder de elección, voluntad férrea, y determinación incondicionada. La práctica nos entrega todos estos elementos en las dosis que nuestra maduración natural puede tolerar. Seguir la vía, seguir a un maestro, abandonar las expectativas imaginadas, asumir la exploración de terrenos desconocidos, disfrutar la experiencia de aprender, de descubrir, de intercambiar, son expectativas razonables para el inicio de este estudio.
El sentido que le podemos encontrar al estudio marcial tiene que tener un componente personal que hay que construir, madurar y perfilar constantemente. Lo que encontremos en el proceso tiene que encajar en la vida que presentimos natural en nosotros para que la efectividad del arte se manifieste en su utilidad real para la vida ordinaria.

Si estas expectativas te resultan sugerentes, quizá es el momento de dar ese paso definitivo hacia la transformación a través de la práctica marcial tradicional.

domingo, 31 de julio de 2016

GRACIAS HERMANOS


Se ha terminado el ciclo del curso, un curso excitante en el que hemos compartido mucha materia, técnica y materia gris. También hemos compartido mucho corazón, risas y preocupaciones. La práctica es un entorno de intercambio en el que todos nos damos algo y todos recibimos sutilmente el resultado de nuestro propio crecimiento individual y colectivo.
Entrenamos por algo más que lo evidente. Apostamos por una búsqueda que requiere que integremos nuestra exterioridad y lo más profundo de nuestros patrones de supervivencia correctamente educados.
Este conjunto de elementos que nos constituyen queda reflejado en cada risa, en cada propuesta, en cada comentario. Todos somos testigos permanentes del proceso, un proceso en el que la magia real de la percepción consciente se manifiesta sin intermediarios. Un proceso, mágico en esencia, en el que todos aplicamos la voluntad de crecer, de ser mejores, de dar lo mejor de nosotros sin intención real de recibir nada a cambio. Un proceso que nos permite saborear el eco de esta voluntad sincera y generosa que expresamos en cada intento de acercar el arte a nuestra alma, quizá para poder dibujarla conscientemente de algún modo.
Alma y corazón son las herramientas fundamentales de las que cualquier artista marcial verdadero se vale para su travesía. Adultos y pequeños, todos buscamos lo mismo desde el comienzo y lo hacemos en vías dibujadas por otros mucho más grandes que nosotros que, en su humildad, demostraron en vida que ser poco es mucho y que nuestro destino se construye con susurros individuales que solo suenan cuando todos a la vez entonamos las notas del amor que nos une.
Lo justo, lo injusto, lo cercano y lo lejano se perpetúan en el momento en el que paramos y la inercia de ese movimiento interior y exterior nos atraviesa en la práctica por completo. En esos instantes, cuando afloran sonrisas de la nada, cuando se cruzan miradas de complicidad, percibimos que esa inercia rozó el corazón de algún modo y brilló el sentido de vivir ese instante en nuestros ojos. Compartir ese soplo, esa mirada en la que, sin hablar, reconocemos la realidad de esta sensación, nos conecta profundamente. En ese momento nos sentimos remando el mismo trirreme de antaño, nos sentimos escudo contra escudo, nos sentimos recogidos celebrando un nacimiento, nos despedimos antes de un cierre de ojos eterno que la vida se empeña en deshacer.
Esta es la práctica, este es el sentimiento en el que nos sumergimos desde dentro, un momento indescriptible en el que el dolor momentáneo se superpone a la convicción absoluta de que la ruta es la correcta, de que el proceso es necesario, de que estamos y estamos juntos por algo, buscando sutilezas semejantes, entonando ancestrales cantos guerreros que buscaban la hermandad en sonidos indescifrables en los que lo múltiple se revelaba contra la unidad. Momentos en los que la fuerza del grupo, en su búsqueda fragmentada de almas permanentes, aparece como un fuego inextinguible en el que todos asentimos sabiendo de veras que estamos, que somos, que compartimos y que luchamos sin descanso cumpliendo nuestro cometido de crecer y exponer al mundo nuestro crecimiento. Lo hacemos desde almas limpias, purificadas por el sudor, el esfuerzo, la constancia y la humildad real del que no se siente más que un soplo momentáneo en un día de furia de un cielo desconocido.
Quizá, como dirían los antiguos, hemos sido bendecidos con el sentido de explorar nuestros adentros y, en algún misterioso plano desconocido, algo o alguien mayor que nosotros se regocija presenciando nuestro sacrificio, nuestro intercambio de tiempo para poder vislumbrar un horizonte más allá de nuestra mera existencia física.
La bondad que nos une, el calor que nos muestra esta imagen del sentido es la Virtud Marcial y a través de ella comprendemos que hay almas predestinadas a tener la oportunidad de construirse. En eso estamos, eso somos, aquí nos encontramos los que hemos querido navegar por estas aguas, juntos, codo a codo, tolerando y construyendo, despertando y comprendiendo a los dormidos, elevando el factor de sentir a otro nivel que nos permita ver un poco más allá de la superficie barnizada que nos muestra la mediocre tendencia que tenemos al olvido de lo importante.

Gracias hermanos por estar, por ser, por compartir, por acompañar, por perdurar, por permitir, por comprender, por valorar, por exigir, por dar, por aspirar y por afrontar. Gracias desde ese corazón colectivo e individual que compartimos cada día en el que nuestra práctica, nuestros cuerpos, nuestras mentes y nuestros espíritus colaboran en construirse mutuamente.

jueves, 21 de julio de 2016

Estresamiento funcional

Diadúmenos de Polícleto
Pocas cosas mutan más que las teorías sobre cuál es el método de entrenamiento ideal. Bien sea para perder los kilitos de más almacenados durante todo el invierno o para aparentar ser uno de esos súper héroes de los cómics que muchos leíamos allá por los 80, hay tantas propuestas como intereses. Los métodos de entrenamiento cambian, los paradigmas cambian y nos encontramos siempre con nuevos métodos revolucionarios que hacen, por desgracia, más mal que bien en un entorno saturado de propuestas que intentan ganarse un nicho en el mercado de la salud.
La estética parece ganarle puntualmente la partida a la funcionalidad saludable. Castigamos el cuerpo con dietas para morirse o con rutinas de entrenamiento que asumen la lesión como una parte lógica y natural del proceso de transformarnos en aquello que no somos.
En el ámbito de las artes marciales la evolución no se ha separado mucho de esta tendencia y podemos ser testigos de aberraciones musculares impropias de los principios de trabajo que propone la filosofía de cualquier estilo serio. Los ciclos hormonados y cualquier tipo de complemento innecesario se tornan ahora imprescindibles para garantizar una imagen insoportable para la mirada del enemigo virtual que nos espera detrás de cada esquina.
Dejando a un lado la ironía, creo personalmente que tenemos que definir claramente los objetivos de cada fase del entrenamiento para no caer en el engaño de lo estético frente a la realidad de lo funcional.
Basta mirar el Diadúmeno de Polícleto, cuya imagen hemos utilizado de cabecera en esta entrada, para darnos cuenta de que en estos miles de años no hemos asistido estéticamente a avances anatómicos verdaderamente relevantes. Entender que el cuerpo humano es forma y función en un mismo grado nos podría permitir comprender qué sentido tiene en realidad el entrenamiento físico y, quizá lo más importante, cuál sería su más acertado enfoque para garantizar nuestra salud, nuestras capacidades básicas y el soporte estable que lo físico y lo psíquico se deben mutuamente.
Y mencionamos esta escultura no de forma gratuita. Queremos poner el acento en una realidad que parece escapar de nuestras reflexiones pre y post entrenamiento. Buscamos efectividad en la misma medida en la que se buscaba en la antigüedad. El entrenamiento es un medio para, no un fin en sí mismo. Sólo el factor estético es capaz de convertir el entrenamiento dinámico en esta simplicidad alienante en la que lo hemos convertido.
Las artes marciales son movimiento. Individual y compartido. Un movimiento que tiene unas trayectorias interactivas de articulación anatómica general y que tiene, a su vez, un desplazamiento mutante en alturas, ángulos y rotaciones. La combinación técnica que aparece en cada forma es una propuesta de movernos en ángulos, trayectorias y desplazamientos inusuales en nuestra vida doméstica, pero de gran vitalidad y efectividad en el contexto del combate.
Llegar pronto a una defensa o lanzar un ataque indefendible dependen, en gran medida, de nuestra velocidad de actuación, precisa, ordenada, interactiva y coordinada. Esto se consigue repitiendo numerosas veces un patrón efectivo de movimiento consciente, incrementando su intensidad, su velocidad, su fluidez, su intencionalidad y, también, disfrutando el sentido de movimiento y posibilidades que ese dinamismo nos ofrece como experiencia sensitiva.
Disponer de la colaboración con un compañero en el que encajar contextualmente las propuestas y someterlas a distancias, realidades tangibles, errores, velocidades, etc. incrementará exponencialmente nuestras sensaciones reales sobre los estándares trabajados.
Hablar de movimiento natural en un contexto de lucha es hablar de todos aquellos esquemas que nos permiten desenvolvernos con soltura en el exigente entorno caótico, rápido, imprevisible y contundente del combate. Cuanto más integremos la dinámica de las formas en nuestros ejercicios con cargas, más aumentará nuestra fuerza, nuestra resistencia, nuestra velocidad y nuestro potencial de acción en la lucha. El trabajo con armas como el palo, o con instrumentos como los muñecos de madera, nos permite optimizar estas acciones complementando el entrenamiento de las formas de mano vacía con elementos de mayor exigencia física.
El entrenamiento funcional para la práctica marcial, por lo tanto, debe analizar los patrones de movimiento y desplazamiento descritos en las formas tradicionales para, dentro de este marco, analizar la posibilidad de incluir instrucciones o materiales que nos permitan acentuar los potenciales de acción de cara a la realidad de la lucha. No basta con imitar animales o arrastrar pesos muertos, no basta con golpear ruedas con un martillo o trepar por un muro de escalada, es preciso moverse preferiblemente en el hábitat para el que nos estamos preparando.

Hay que diseñar los ejercicios dentro de estos patrones ancestrales que permitirán realmente hablar de funcionalidad para la lucha, una funcionalidad más que estudiada en otros tiempos y que dio frutos que aún hoy, desvirtuados por las necesidades estéticas del ego, intentamos emular de forma poco efectiva.