jueves, 21 de julio de 2016

Estresamiento funcional

Diadúmenos de Polícleto
Pocas cosas mutan más que las teorías sobre cuál es el método de entrenamiento ideal. Bien sea para perder los kilitos de más almacenados durante todo el invierno o para aparentar ser uno de esos súper héroes de los cómics que muchos leíamos allá por los 80, hay tantas propuestas como intereses. Los métodos de entrenamiento cambian, los paradigmas cambian y nos encontramos siempre con nuevos métodos revolucionarios que hacen, por desgracia, más mal que bien en un entorno saturado de propuestas que intentan ganarse un nicho en el mercado de la salud.
La estética parece ganarle puntualmente la partida a la funcionalidad saludable. Castigamos el cuerpo con dietas para morirse o con rutinas de entrenamiento que asumen la lesión como una parte lógica y natural del proceso de transformarnos en aquello que no somos.
En el ámbito de las artes marciales la evolución no se ha separado mucho de esta tendencia y podemos ser testigos de aberraciones musculares impropias de los principios de trabajo que propone la filosofía de cualquier estilo serio. Los ciclos hormonados y cualquier tipo de complemento innecesario se tornan ahora imprescindibles para garantizar una imagen insoportable para la mirada del enemigo virtual que nos espera detrás de cada esquina.
Dejando a un lado la ironía, creo personalmente que tenemos que definir claramente los objetivos de cada fase del entrenamiento para no caer en el engaño de lo estético frente a la realidad de lo funcional.
Basta mirar el Diadúmeno de Polícleto, cuya imagen hemos utilizado de cabecera en esta entrada, para darnos cuenta de que en estos miles de años no hemos asistido estéticamente a avances anatómicos verdaderamente relevantes. Entender que el cuerpo humano es forma y función en un mismo grado nos podría permitir comprender qué sentido tiene en realidad el entrenamiento físico y, quizá lo más importante, cuál sería su más acertado enfoque para garantizar nuestra salud, nuestras capacidades básicas y el soporte estable que lo físico y lo psíquico se deben mutuamente.
Y mencionamos esta escultura no de forma gratuita. Queremos poner el acento en una realidad que parece escapar de nuestras reflexiones pre y post entrenamiento. Buscamos efectividad en la misma medida en la que se buscaba en la antigüedad. El entrenamiento es un medio para, no un fin en sí mismo. Sólo el factor estético es capaz de convertir el entrenamiento dinámico en esta simplicidad alienante en la que lo hemos convertido.
Las artes marciales son movimiento. Individual y compartido. Un movimiento que tiene unas trayectorias interactivas de articulación anatómica general y que tiene, a su vez, un desplazamiento mutante en alturas, ángulos y rotaciones. La combinación técnica que aparece en cada forma es una propuesta de movernos en ángulos, trayectorias y desplazamientos inusuales en nuestra vida doméstica, pero de gran vitalidad y efectividad en el contexto del combate.
Llegar pronto a una defensa o lanzar un ataque indefendible dependen, en gran medida, de nuestra velocidad de actuación, precisa, ordenada, interactiva y coordinada. Esto se consigue repitiendo numerosas veces un patrón efectivo de movimiento consciente, incrementando su intensidad, su velocidad, su fluidez, su intencionalidad y, también, disfrutando el sentido de movimiento y posibilidades que ese dinamismo nos ofrece como experiencia sensitiva.
Disponer de la colaboración con un compañero en el que encajar contextualmente las propuestas y someterlas a distancias, realidades tangibles, errores, velocidades, etc. incrementará exponencialmente nuestras sensaciones reales sobre los estándares trabajados.
Hablar de movimiento natural en un contexto de lucha es hablar de todos aquellos esquemas que nos permiten desenvolvernos con soltura en el exigente entorno caótico, rápido, imprevisible y contundente del combate. Cuanto más integremos la dinámica de las formas en nuestros ejercicios con cargas, más aumentará nuestra fuerza, nuestra resistencia, nuestra velocidad y nuestro potencial de acción en la lucha. El trabajo con armas como el palo, o con instrumentos como los muñecos de madera, nos permite optimizar estas acciones complementando el entrenamiento de las formas de mano vacía con elementos de mayor exigencia física.
El entrenamiento funcional para la práctica marcial, por lo tanto, debe analizar los patrones de movimiento y desplazamiento descritos en las formas tradicionales para, dentro de este marco, analizar la posibilidad de incluir instrucciones o materiales que nos permitan acentuar los potenciales de acción de cara a la realidad de la lucha. No basta con imitar animales o arrastrar pesos muertos, no basta con golpear ruedas con un martillo o trepar por un muro de escalada, es preciso moverse preferiblemente en el hábitat para el que nos estamos preparando.

Hay que diseñar los ejercicios dentro de estos patrones ancestrales que permitirán realmente hablar de funcionalidad para la lucha, una funcionalidad más que estudiada en otros tiempos y que dio frutos que aún hoy, desvirtuados por las necesidades estéticas del ego, intentamos emular de forma poco efectiva.

martes, 19 de julio de 2016

Rompiendo las estructuras IV


“si buscamos la aparición de la idea feliz sin método, tendremos escasas probabilidades de éxito. Tenemos que evitar caer en el mito de las musas que aparecen al azar por inspiración divina. La inspiración viene al azar rarísimas veces. Lo normal es que venga de la transpiración”.
Dr. Lloren Guilera
Llegados a esta cuarta entrada de la serie tendremos que plantearnos dos cuestiones importantes antes de continuar. En primer lugar debemos entender por qué es preciso romper las estructuras dentro de sistemas que son, en sí mismos, pura estructura. En segundo lugar, en una cuestión no menos importante, debemos entender si estos sistemas están realmente diseñados con este fin último: ser disueltos en el ámbito personal de cada practicante.
Es más que probable que los diferentes diseños de los métodos de combate tradicionales no tuviesen en cuenta esta idea de progresión, en la que sus propios fundamentos debían ser progresivamente desmantelados para ser ajustados a las capacidades propias del individuo inmerso en su estudio. No obstante y dado que la propia esencia del Kung Fu, en cualquiera de sus estilos, contempla de principio fundamentos genéricos, casi arquetípicos, de los procesos combativos, es de suponer que este hecho, esta realidad, quede implícita de forma tácita.
La ruptura de la estructura no es sinónimo de destrucción. Al igual que ocurre en nuestro cuerpo con un paquete de fibras amalgamadas tras una lesión, es preciso romper el caos de esta estructura y reconstruirla dentro de los parámetros de movimiento óptimos que garantizan su funcionalidad operativa.  
Los métodos nos muestran esta necesidad ya desde un principio en el que todas las articulaciones mecánicas, tanto fijas como dinámicas, están sometidas a los límites estructurales anatómicos propios del individuo. También están sometidas a las capacidades reales funcionales de todas esta estructura biodinámica que llamamos cuerpo. Por lo tanto, para entender que todo el entrenamiento, en su conjunto, es una forma global de realizar este proceso permanente de ruptura y reconstrucción, tenemos que comprender que nuestra estructura cambia en base a las propuestas de entrenamiento y que nuestras capacidades, en general, son ampliadas progresivamente en el marco de dicha estructura.
Los factores psicológicos asociados a estas transformaciones deben ser tenidos en cuenta a la hora de plantear estas dos preguntas. En un primer estadio de la práctica, cuando aun estamos poco adaptados a los parámetros generales del estilo, no lo percibimos de la misma forma que después de cinco años de entrenamiento continuado. Es más que probable que nuestro avance en esos años, en términos de habilidad y de fortalecimiento y dinamismo corporal, nos conduzca poco a poco a una sensación de dominio muy superior. Esta sensación no tiene un tope, no tiene un techo en el que podamos decir «¡ya está, he llegado al límite de mis posibilidades y de los objetivos del estilo!». No tiene un límite porque este tope se va modificando constantemente ajustando nuestro potencial de progresión en la práctica desde nuestra experiencia global dentro de ella. En la medida en que crecen nuestras capacidades y mejora nuestra condición física podremos abordar visiones más amplias en términos técnicos y tácticos.
Ser plenamente conscientes de esta transformación constante de nuestra percepción del estilo, así como de nuestras capacidades reales y potenciales, nos aproxima continuamente a los estratos del arte puramente creativos. Cuando el trazo reproduce fielmente lo que nuestra cabeza pretende, cuando la estructura ejecuta en tiempo y forma lo que la mente le propone, sin imprecisiones, sin dudas, es el momento de dejar que evolucione por sí solo el factor creativo emergente. En él nuestras abstracciones, dentro del maremágnum de la acción, se manifestarán en modelos de acción fuera de rango que, alentados por las trayectorias y objetivos aplicativos que hemos estudiado hasta ese momento, nos mostrará nuevas brechas de entrada, nuevos ángulos y palancas desde las que operar y transformar el momento inmediato de la acción.
Esta maravilla ocurre por sí sola cuando todo el proceso se ha abordado correctamente y cuando no nos hemos saltado ningún paso del tránsito formativo. Estamos hablando de un rango mayor de libertad dentro de la acción simbólica previamente definida. Esta libertad debe ser conquistada, no emerge de la nada. Cualquier intento de aplicar visiones creativas de forma anticipada no solo desvirtúa la esencia evolutiva del arte, en términos de consolidación y efectividad, sino que nos confunde la imagen que tenemos de nuestra propia práctica y nuestras reales capacidades de  aplicación marcial del método.
El proceso tampoco tiene un límite claramente definible y podríamos hablar de estratos interconectados, con espacios difusos en los que coexisten los factores de reproducción de patrones estándar de forma conjunta con pequeños abordajes, o sensaciones, más creativas dentro de la propia realización de la actividad en la que nos encontremos inmersos.
Esta idea de fractura de lo aprendido hacia un marco más libre de interpretación, además de ser alentada y guiada por el monitor, profesor o maestro, debe ceñirse a unas reglas de autocontrol que verifiquen constantemente que no nos estamos saliendo excesivamente del área real de aplicación de nuestro nuevo y emergente paradigma. Su fractura debe ser controlada, supervisada y testeada constantemente para garantizar su sentido real y evitar que entremos en el terreno puro de la fantasía, un terreno en el que el tiempo y el espacio no están presentes para verificar el sentido de lo que estamos intentando hacer.
Los trabajos a dos personas siempre son el laboratorio idóneo para poner en práctica nuestros experimentos creativos. Cuando hablamos de un nuevo ángulo de entrada, una posibilidad de simultaneidad diferente o, también, de un objetivo de impacto más coherente para nuestra estructura corporal, debemos ver en la práctica si dicho ángulo es factible, si la simultaneidad que pretendemos es aplicable o si el objetivo de impacto está realmente a nuestro alcance en el contexto que planteamos.
También es preciso supervisar siempre en qué situación nos deja esa idea emergente, cómo nos compromete en cuanto a estructura, táctica o potencial de transformación técnica. Hay muchos callejones sin salida y podemos fácilmente caer en uno de ellos si no tenemos en cuenta la puerta de atrás de cada movimiento que ejecutamos.
El trabajo a dos personas evoluciona progresivamente desde los ejercicios puramente codificados a los de mayor libertad de acción. El último eslabón que nos muestra un modelo de flujo técnico es el de las «formas a dos personas». Este ejercicio, muy criticado por aquellas personas que no conocen su finalidad, no es una reproducción de película de Kung Fu en la que los luchadores, en absoluta complicidad, realizan ataques y defensas que nada tienen que ver con la realidad. Es evidente que no tienen que ver con la realidad de un combate en tanto que cada paso de la forma está prefijado. Pero la finalidad de estos trabajos no es esa. No es hacernos creer que podemos pelear así con alguien, o que detrás de una técnica vendrá inevitablemente la siguiente que aparece en esa configuración.
Se trata de educar el movimiento dentro de una dinámica, de entender posibilidades de fluir dentro de un modelo de parámetros para poder explorar nuestras propias creaciones, incrementando con ello el registro de patrones dinámicos de nuestro cerebro, tanto consciente como inconsciente. Quizá en esto radica la dificultad de la práctica marcial tradicional y su originalidad. El entrenamiento se desarrolló en dos direcciones, una externa y otra interna, constantemente interconectadas y definitivamente progresivas.
Este desarrollo nos aproxima, sin descanso, a marcos de aplicación más libres y más creativos según se modifique el escenario en el que nos encontramos. La memoria corporal, simbólica, analítica y analógica en la que nos moveremos debe ser alimentada antes de que comencemos el juego de superposición, restricción, incorporación, modelación, reconfiguración y todos los restantes elementos que comunican, realmente, nuestro interior más profundo con la más externa superficie a la que debamos enfrentarnos a lo largo de nuestra vida.
La percepción de todo el proceso influye irremediablemente en ello. Nuestra maduración psicológica debe viajar en paralelo a nuestro aprendizaje técnico, nuestra comprensión estratégica y nuestra determinación táctica en un ámbito tan caótico como es el combate.
En el próximo y último post de esta serie hablaremos sobre el arco creativo en el ámbito del entrenamiento de las artes marciales tradicionales chinas y sobre algunas ideas respecto a los impedimentos cognitivos naturales con los que se puede encontrar cualquiera que inicia este salto paradigmático creativo.


sábado, 9 de julio de 2016