jueves, 29 de septiembre de 2016

Transmisores de crueldad


El Tao engendra al uno,
el uno engendra al dos,
el dos engendra al tres,
el tres engendra a los diez mil seres.
Los diez mil seres albergan en su seno el yin y el yang,
cuyas energías vitales chocan para tornarse en armónica unidad
Lo más aborrecido de los hombres
es la orfandad, la miseria, la indignidad;
mas ved que así es como reyes y duques se nombran a sí mismos.
Pues las cosas crecen cuando las amenguas
y menguan cuando las acreces.
Lo que otros me han enseñando,
también yo lo enseño a los demás.
Quien abusa de su fuerza no tendrá buen fin;
de esto haré la guía de mi doctrina.

Tao Te King XLII

Viendo el programa Kung Fu Quest sobre el Kung Fu de Wudang que insertamos en la cabecera de esta entrada me he quedado tocado por algo a lo que suelo ser bastante sensible.
Enseñar artes marciales a los niños, en nuestra sociedad, se ha vuelto una moda bastante usual. Impulsada por el deporte, por la comprensión de la necesidad de ser fuertes de algunos padres o por la moda cinematográfica, esta moda trasciende todo tipo de barreras y solemos ver a muchos pequeños con sus kimonos de entrenamiento dirigiéndose a sus actividades marciales extraescolares cada tarde.
Como profesor, cuando paro en un semáforo y veo a pequeños cruzando con sus kimonos de Karate, Judo o Kung Fu, me invade una cierta sensación de felicidad al ver que hay un futuro detrás de nuestras práctica, y también un presente en el que los valores que algunos profesores intentamos representar y transmitir tienen un terreno maravilloso en el que prosperar. Nuestros hijos son lo más valioso que tenemos sin duda alguna. Que inicien una práctica como la nuestra para ganar seguridad, conocerse a ellos mismos, fortalecerse, compartir su búsqueda con amigos con los que forjar amistades que durarán mucho tiempo, o incluso toda la vida, es algo que como practicante y profesor no puedo dejar de celebrar.
Pero, a partir de ahí, paso a una inmediata reflexión que tiene que ver con nuestra responsabilidad y con los dos elementos tan sutiles pero potentes con los que trabajamos. Por un lado nos vemos cara a cara con la violencia, con el enfrentamiento y sus significados. Escenarios que no deseamos nunca para nosotros ni para nadie de nuestro entorno cercano, mucho menos para nuestros pequeños. Por otro, asumimos el trabajo de transmisión a corazones puros, limpios e inocentes. Pequeñas grandes personas que acuden alentados por sus padres a este encuentro con un método para comprender la violencia, controlarla, gestionar sus consecuencias y aprender a evitarla constantemente. Estos dos elementos aparentemente tan dispares, violencia e infancia, se encuentran demasiado a menudo con perversiones de su representación en un aula de artes marciales.
Al ver el vídeo y el repugnante trato del profesor a sus alumnos, tanto adultos como infantiles, me asalta la duda sobre el nivel de comprensión de estos personajes sobre lo que significan ambos términos. Justificar la violencia para enseñar es inadmisible. El trillado argumento de la tradición precisa ser revisado, sobre todo en individuos que disfrazados de monjes en una aparente búsqueda de purificación personal golpean con varas de bambú a alumnos indefensos que intentan encajar la experiencia como pueden.
La violencia no es una vía para el aprendizaje. Es una vía para infundir temor, para lastimar, para reprimir, para dañar un alma pequeña que está sufriendo la incapacidad de su profesor para llegar a su alumno por métodos pacíficos e inteligentes. Y aquí creo que está el gran problema. Esta carencia de inteligencia que lleva a un descerebrado disfrazado de monje a vender la burra de que los palos son necesarios para fortalecer el carácter infantil.
Nuestros alumnos aprenden de nosotros, se nutren emocionalmente de las experiencias que les da la vida. La crueldad o la falta de empatía ante el sufrimiento de alguien más débil que nosotros sólo transmite eso, una manera torpe y mezquina de afrontar la comunicación sutil que debe ejercerse entre un alumno y su profesor. Tanta incapacidad es insoportable cuando encima, después de lo que sabemos hoy en día, se siguen proyectando este tipo de documentales mostrándonos esta torpe y cruel forma de enseñanza como algo realmente admirable.
Me alegro de no compartir esta primitiva visión, que muestra una falta de crecimiento humano enorme y una carencia de espiritualidad real absoluta, por más moños y kimonos de monjes que se pongan o por más incienso que quemen a alguna figurita de una supuesta deidad que ni ellos mismos se creen, pintando todo esto de taoísmo. Una gran basura comercial que nos inunda, que lleva a multitud de inconscientes a gastarse el dinero para acudir a aprender de tan mediocres personas y que hace que sigamos pensando que hacer fuerte a alguien solo se consigue desde la crueldad y la violencia.
Quizá si aprendemos a transmitir la solidez del amor, de la responsabilidad, de la comprensión y de la sensibilidad, entenderemos que yin/yang es eso. Es fluir con las sensibilidades con las que nos encontramos, adaptándonos a ellas y dándoles el impulso que cualquier espíritu necesita de sus antecesores. La seguridad y la fuerza provienen de la convicción, del espíritu que ha comprendido que sus valores son correctos, buenos y justos. Esa fuerza es muy superior a lo que cualquier forma mediocre de crueldad, como la que aparece en este video, puede generar.

Lamentable, anacrónico y despreciable partiendo de un mensaje que insiste en la no violencia, en el respeto a los ritmos de la naturaleza, en la purificación personal y la trascendencia espiritual.  

miércoles, 21 de septiembre de 2016

¿Estudiar y entrenar? Imposible

Primer ministro de Canadá Justin Trudeau en su entrenamiento habitual de boxeo
En más de una ocasión nos hemos referido a la lista interminable de argumentos para mantenerse en órbita sobre la práctica real. Parece que muchos piensan que por el mero hecho de pagar una cuota en una escuela o gimnasio ya está hecho el 90 % del esfuerzo. Sin embargo, debemos insistir que dicho acto, aunque complicado en un mundo de permanentes distracciones y comodidades, no supone ni el 1 % de lo que significa practicar artes marciales.
El mundo de los vídeos sorprendentes, de los combates de las grandes y efímeras estrellas de los Vale Tudo, de los rompedores de ladrillos profesionales, de los que mueven a la gente sin tocarla o, por qué no también, de los que se autoproclaman herederos de sectas inmortales, genera un clima atractivo muy especial. Yo lo llamo el clima de la expectación superficial, una especie de calor o regusto en el que se sumergen aquellos que, después de haber omitido su necesaria sesión de entrenamiento, buscan permanecer ligados a la práctica de alguna forma que no suponga tanto esfuerzo como el de acudir dos veces por semana al encuentro con ellos mismos. Se decantan por aquello que les resulta más dulce, aquello que les entusiasma resumido en el entrañable acto de ver a un insufrible Karate Kid dando y puliendo cera o dando un repaso a los miles de canales de cosas estúpidas o sorprendentes que circulan por la red.
Otros memorizan mil y una historias para recoger de otro modo esa falsa sensación de que saber artes marciales es conocer su historia, las genealogías, los nombres de las cosas y las múltiples variables de un estilo, todo ello sin repetir una forma en un mes. Luego, cuando se cruzan en la realidad con algún entusiasta de dar de ostias a los sacos, se caen los verbos deshojados y nuestro árbol se queda sin un solo argumento que sustente tanta tontería.
Los jóvenes estudiantes tienen siempre este argumento muy vivo porque estudiar requiere un enorme esfuerzo. Es tan grande el esfuerzo que entrenar dos o cuatro horas a la semana se vuelve una tarea imposible en épocas de exámenes. Esas épocas en las que el cuerpo se contractura en las mesas de estudio, en las que nuestros riñones filtran litros y litros de café, en la que el estrés de preconizar el aprobado o suspenso de estos exámenes nos impide dormir y, para relajarnos, vemos alguna peliculilla y comemos algo de pizza como premio a nuestro esfuerzo ante los libros. Es cierto, qué duda cabe, que esta tarea es un gran esfuerzo. Pero ¿nos estamos olvidando de algo? Creo que sí.
Nos olvidamos de que estirar puede mejorar esa contracción permanente de un cuerpo arrugado frente a un flexo. Olvidamos que el descanso de la mente derivándola a otros menesteres incrementa de forma exponencial su capacidad de afrontar nueva información y fijarla de forma más sólida. También olvidamos que después de un trabajo físico complementario al esfuerzo mental es más probable que podamos dormir mejor y, por lo tanto, recuperar nuestra mente para un nuevo día de estudio. Quizá también olvidamos que respirar, sudar, y expresar nuestras emociones puede ser una buena forma de eliminar toda esa cafeína, taurina, azúcar y tonteina en sangre que hemos ingerido para nada, tan solo para robarle unas horas al sueño y conseguir una fijación temporal y poco efectiva en la memoria de elementos que quizá requerirían de un entorno más tranquilo para asentarse. También olvidamos que al entrenar nuestro cerebro genera endorfinas que mejoran todo nuestro rendimiento neuronal, aumentamos nuestras reservas de energías (solo si sabemos alimentarnos bien después del esfuerzo físico) y nos facilita la sociabilidad que perdemos cuando nuestros únicos acompañantes en el día a día son los libros, el ordenador y la ansiedad.
Quizá en esto parezco como el padre que le insiste al niño para que coma verduras porque no solo de pizza y pasta vive el hombre, pero creo que es tan evidente que el ser humano necesita moverse, necesita integrar, necesita expresarse y relacionarse para ser feliz que no puedo obviar mi reflexión. Esa felicidad es la que aporta las emociones que incrementan nuestra capacidad de aprendizaje, que mejora nuestra salud y nos permite afrontar con sobriedad el estresante momento del combate frente al papel del examen.
Cada día es un momento ideal para crecer y consolidar nuestro espíritu. Los vaivenes en la práctica no solo nos desmoralizan frente a ella, no solo nos muestran una versión temporal y reducida de nuestras capacidades de progresión, sino que también nos hacen dudar del sentido de afrontar un rato de esfuerzo, concentración, expresión y aprendizaje en algo que puede resultar vital cuando menos lo esperamos.
La preparación marcial requiere la preparación de un espíritu de compromiso, de solidez y de autoconfianza. ¿Cómo podemos afianzar estos valores si a lo largo de un mes no somos capaces de mantener la constancia en el esfuerzo de entrenar más de cuatro o cinco veces? Ese es uno de los motivos por los que no terminamos de creernos a nosotros mismos, no confiamos en nuestra capacidad de mantener nuestros propios compromisos.
Este post que parece una regañina no es más que una reflexión en voz alta que invito a hacer a todos los que encuentran ese argumento de la falta de tiempo, de la necesidad de estar concentrado y no dispersarse o, de lo difícil que es compaginar el entrenamiento con la vida estudiantil.
Quizá para entender esto hay que tener una motivación real para afrontar la práctica en su genuina esencia, hay que centrarse en su utilidad real para la vida y hay que dejar de ver vídeos y películas que nos muestran una fantasía que, aunque en apariencia atractiva, es la real distracción que no podemos permitirnos.

Optimizar el tiempo, organizarse bien el estudio y el descanso, alimentarse con eficacia y mantener constante la asistencia al adiestramiento marcial pueden ser los ejes de una progresión firme y decidida hacia los objetivos que pretendemos en nuestra vida. Solo un espíritu fuerte puede crecer y no basta una cuota para que este milagro se produzca, hay que regarlo con sudor y conciencia día a día.

domingo, 18 de septiembre de 2016

Novedades septiembre/octubre 2016

Nuevo grupo de Kung fu play martes y jueves
Ahora también Kung fu por la mañana
Nuevos horarios de Taijiquan por las mañanas
Nueva formación de Taijiquan simplificado
Horario infantil y adultos todos los viernes
Prácticas taoístas para la salud todos los viernes
A partir de octubre Ba Gua todos los miércoles por la mañana