miércoles, 6 de abril de 2016

Rompiendo las estructuras I


Foto de  bruceleeweb.com
No mucha gente conoce realmente la vida de Li Xiaolong. Ya por este nombre muchos no sabrán que nos estamos refiriendo al famoso Bruce Lee, pero para los que si lo saben supongo que este pequeño post les podrá resultar interesante.
A Bruce Lee se le conoce en todo el mundo como un actor de películas de Kung Fu. Otro grupo no menos pequeño lo conoce como el creador del Jeet Kune Do. Otro grupo ya más interesado en el aspecto marcial de su vida sabe que fue alumno del Gran Maestro de Wing Chun Ip Man. Pero no muchos conocen los antecedentes de práctica de Kung Fu que aparece en la biografía de este actor, artista marcial y creador, quién se inició en la práctica marcial de la mano de su padre a través del Taijiquan.
Estamos en un mundo complejo en el que muchas veces se utilizan figuras famosas para dar relevancia a una obra que puede no tener nada que ver con él. Este no es el caso y está documentado que Bruce Lee estudio, o practicó, Taijiquan con su padre desde su infancia hasta los 13 años y que siguió haciéndolo dentro de su entrenamiento personal como una parte más de sus rutinas.
Para los que han visto sus películas puede parecer difícil de entender esto pero, sobre todo,  resulta más difícil para los que tienen una visión distorsionada de lo que es la práctica del Taijiquan y de lo que es, en definitiva, el alma viva de las artes marciales chinas.
También puede resultar complejo establecer una fórmula comparativa entre los estilos marciales, pero es fundamental para cualquier practicante serio entender cuál es el alma de la transmisión marcial en el contexto del Wushu antiguo. Los antiguos maestros centraban su enseñanza en la búsqueda de habilidad de los alumnos, el desarrollo de lo que ellos llamaban Kung Fu a través de una interpretación muy personalizada de la enseñanza del arte en virtud a las capacidades específicas y potenciales del practicante.
Es lógico que el profano en la materia piense que las artes marciales, en general, son una forma de robotización de la persona en la que se introduce un programa operativo que domina cualquier situación de combate. Esta visión transmitida por tantas películas, buenas y malas, ha generado una forma de entender la práctica que muchos maestros han querido introducir en sus escuelas. Quizá lo han hecho como una fórmula para acercar el entrenamiento de las artes marciales a las expectativas de los que se acercaban a vivir la experiencia cinematográfica en primera persona.
La evolución de algunas de estas artes o de las enseñanzas de estas escuelas consistía en ir desmontando poco a poco esta idea de la cabeza del practicante para ir introduciendo los elementos de fluidez, adaptación y autoconocimiento que le permitirían realmente llegar a obtener el Kung Fu que le correspondería por su propia naturaleza.
Y aquí es donde tocamos el primer tema peliagudo de esta cuestión. Quizá puede parecer que estamos intentando romper o desmontar un mito, pero lo hacemos conscientes de que estos mitos impiden el acceso a la realidad del arte que pretendemos aprender y dominar. No todos tenemos el mismo potencial de habilidades y no todos podemos asumir las mismas cargas de entrenamiento ni desarrollar las mismas capacidades físicas. Genética, educación, actividad y hábitos generales nos separan en singularidades que difícilmente pueden ser enmarcadas en una misma forma de entrenamiento, de desarrollo y, finalmente, de expresión artística real.
Y es que no podemos olvidar esta primera palabra que antecede al término marcial: «arte». El arte marcial es precisamente esto, descubrir lo que uno lleva dentro y lo que es capaz de hacer con su hallazgo una vez que está dentro del marco del estilo.
Este marco, a su vez, debe reunir unas características que le permitan hospedar este proceso, debe ser flexible, inquebrantable y coherente. Cuando decimos inquebrantable nos referimos a la solidez de sus fundamentos estratégicos, tácticos y técnicos de cara a las distancias, fuerzas y asimetrías que se dan cita en cualquier forma de lucha entre personas.
Creo personalmente que Bruce Lee entendió esto desde muy pronto quizá por recibir una transmisión directa de su padre y por encontrarse en primer lugar con un modelo marcial que muestra esta idea en su máximo refinamiento, el Taijiquan. No con esto quiero menospreciar a ningún otro estilo, todo lo contrario, creo que todos participan en un acto creativo enorme y que han recibido, reciben y recibirán influencias inevitables de sus respectivas relaciones a través de la lucha entre maestros que, antes más que ahora, solía ser habitual.
La reflexión a la que nos lleva esta serie de afirmaciones respecto a la naturaleza profunda de la transmisión del arte marcial en términos adaptativos, es la de preguntarnos si realmente nuestro acto de aprendizaje y desarrollo constante incluye el elemento creativo en los modelos sobre los que trabajamos. A veces parece que el combate es el único escenario que nos permite cierto grado de creatividad, pero tenemos que aceptar que en los combates que se realizan en las escuelas el nivel de efectividad se está dirigido al desarrollo de capacidades como un ejercicio de movilidad, distancia, precisión de impactos, control de la respiración, velocidad de respuesta, etc. No aparece el Yi destructivo que acompaña a la energía que debemos poner a una técnica en una situación real en la que nuestra vida corre peligro.
Aunque intentamos aumentar el grado de realismo del momento, no deja de ser un entorno reglado para el desarrollo de elementos que serán, seguro, de gran ayuda en el momento en el que nos tengamos que enfrentar de verdad a un combate inesperado, sin reglas, sin número de oponentes o en asimetría de armas, posiciones, pesos o corpulencias. 
Pero lo que marcará la diferencia en este tipo de situaciones que pretendemos evitar, lo que hará que nuestro Kung Fu pueda realmente tener un protagonismo en nuestra capacidad de supervivencia, es el dominio personal de una serie de fundamentos consolidados y adaptados a nuestra naturaleza. Es el entrenamiento de nuestras capacidades en permanente progresión entrando de forma absoluta a través de la energía del momento y del marco que el estilo nos propuso en su momento. Un marco que hemos interiorizado a través del trabajo por parejas, el trabajo de las formas, las sesiones de acondicionamiento, nuestras lecturas, la comprensión de las lógicas de las acciones, nuestro dominio de las distancias, las fuerzas, etc.
Para llegar a esto debemos saber que el proceso no es directo. No aprendemos algo y lo utilizamos directamente. Tenemos que abordar un proceso personal de transformación a través de las propuestas particulares del estilo y del maestro que nos lo ha transmitido. Este proceso tiene principio y tiene final.
El comienzo del proceso se establece por la introducción inicial en el estilo, su estudio, el análisis personal de nuestra interacción con las técnicas que aparecen en él y el descubrimiento creciente de nuestros potenciales de desarrollo. Estudiar un estilo requiere tiempo, dedicación y maduración. Lo que hoy entendemos claramente puede significar otra cosa cuando hemos cambiado del nivel de contenidos en el que estábamos practicando.
La practica constante, el análisis de lo que hacemos y de cómo nuestro cuerpo va respondiendo a esta dinámica nos va enseñando y marcando diariamente una dirección de trabajo que nos forma en todos los ámbitos de la práctica marcial.
Puede resultar evidente pensar que los estilos deberían ser paradigmas infalibles a la hora de representar un modelo de lucha exacto para cada situación. Cualquiera que haya combatido, tanto a nivel deportivo como en la calle, sabe que esta ecuación no puede funcionar jamás porque la cantidad de escenarios en los que podemos vernos envueltos es infinita.
Por ello, los estilos abordan estructuras generales, arquetipos de acción que permitan un potencial de adaptación de capacidades a la situación con intervención de todo lo que constituye el individuo en ese momento. Insistimos en remarcar que en una lucha cuerpo a cuerpo nuestra vida corre peligro y no debería haber nada más en lo que pensar en ese momento que en el combate, nunca en sus consecuencias finales, porque la supervivencia exige optimización de recursos mentales y proyectarnos no va a servir de mucho dentro del ojo del huracán.
El autocontrol es imprescindible para no incurrir en un daño desproporcionado a la situación, pero la contundencia de respuesta ante una agresión debe ser absoluta.
Creo que llegados a este punto estamos en condiciones de abordar un análisis detallado de las características que nos permiten convertir nuestra práctica en una práctica artística real, en el ámbito de la marcialidad, con componentes en su desarrollo que nos permitan descubrir nuestras potencialidades, que nos acerquen a la comprensión, dominio y maduración de la estructura y, quizá el punto que ha dado lugar a esta serie de 3 post que comienza ahora, qué hacer con la práctica cuando estos aspectos iniciales del arte están consolidados.

¿Cómo comienza nuestra labor creativa, nuestro desarrollo de una visión particular del arte que practicamos y a dónde nos puede llevar eso? A Bruce Lee le llevó a la creación de algo tan complejo e interesante como el Jeet Kune Do, ¿Intentamos ver a dónde podemos llegar nosotros? Intentaremos responder a esto en el próximo artículo dentro de 15 días.